sábado, 21 de mayo de 2016

Panorama actual: el populismo latinoamericano y una sociedad que lo desaprueba

    Dilma Rousseff en Brasil y Nicolás Maduro en Venezuela, ambos representantes de una forma de gobierno surgida a principios de siglo, y que se hizo tendencia en diversos países latinoamericanos, la cual no solo se ha encargado de violentar contra los tres derechos inalienables de todo ser humano: la vida, la propiedad privada y la libertad de culto, más aun de la segunda, sino también de erosionar las bases de la sociedad que gobiernan. El socialismo del siglo XXI, como se le conoce, en los últimos tiempos que corren, ha devenido en pobreza y en ruinas, y en la deshumanización de un pueblo dependiente del alto intervencionismo gubernamental. El descontento generalizado que esto ha traído consigo se tradujo en el suceder contenido en dos hechos noticiosos que serán analizados posteriormente, ellos son: Chavismo y oposición se movilizan nuevamente en forcejeo por revocatorio y Brasil aúlla contra la izquierda: dentro de la mayor protesta de su historia. Pero, ¿por qué han sido seleccionados?

     La política, se sabe, es un juego de poderes, así como también “un proceso en constante movimiento, que implica diversas acciones por el que las comunidades persiguen objetivos colectivos para enfrentar sus conflictos, encontrar soluciones y tomar decisiones ejecutables por una autoridad”, y tanto el uno como el otro, en referencia a los artículos, son muestras claras de las formas de poder preponderantes en la región y del efecto e impacto surgidos como consecuencia. Lo que en ellos se evidencia es de real importancia para comprender el decaimiento de dos sociedades -a causa de la toma de poder de un líder paternalista, que, contrario a lo ya definido como lo que es la política, le resta protagonismo a sus ciudadanos y se alza como la única voz audible existente-, pues representan un grito colectivo que exige un cambio, un espacio de participación y de escucha a sus demandas.  
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     Por naturaleza, los seres humanos somos animales políticos, y aquella condición, que ya nos la había definido Aristóteles hacía mucho tiempo atrás, se debe, especialmente, a que somos seres sociales. Nuestro bienestar va a depender de la convivencia con el otro, lo cual significa que convivimos y buscamos el orden en pro del alcance de nuestros objetivos, y son esos consensos que se generan, la esencia de la política. La forma de hacer acuerdos no es más, entonces, que la forma de gobierno.

     En Venezuela y en Brasil, como ya se ha dicho, las formas de gobierno son izquierdistas-populistas y se enmarcan dentro de un modelo socialista. En ellos, se ha priorizado la igualdad sobre la libertad, lo cual ha acarreado que sea el espacio público el que predomine sobre el privado. El problema está en que, si no se fomenta el espacio público, se genera antipolítica.   

     Decía Max Weber que quienes construimos a la sociedad somos, precisamente, nosotros, los individuos, únicos actores sociales capaces de moldear el entorno que nos rodea. Ello conlleva implicación e interés por lo que en el espacio público se suscita; ello implica, necesariamente, la preocupación por que sean respetados nuestros intereses comunes, porque son esas características las que nos convierten en ciudadanos. Individuo que se enfrasca en sus intereses particulares y no atiende a un mínimo desplazamiento del espacio privado deja, por lo tanto, de ser ciudadano. Y el dejar de ser ciudadano va de la mano con la antipolítica, pues se opone a nuestra condición como seres políticos y, asimismo, a nuestra condición como seres humanos. “Cuando una sociedad no es política, el hombre deja de ser un ser humano” (Hannah Arendt).

     Según Max Weber, el poder “es la capacidad que tiene un individuo o grupos de imponer su voluntad aunque haya resistencia”. Este es la base de toda sociedad y se encuentra sustentado en la legitimidad, concepto que define este mismo autor como la “creencia en que un determinado orden, acción, norma o pauta es justa y válida”. Esto quiere decir que si una norma deja de ser válida, pierde legitimidad. Y una sociedad sin legitimidad deja de ser política.

     En Venezuela, de acuerdo a lo expuesto en el artículo, la autoridad a cargo ha perdido legitimidad. Las protestas y manifestaciones controladas a punta de represión evidencian, además del descontento de los venezolanos unidos en defensa de sus derechos, las vías por las cuales el gobierno intenta legitimarse. Para mantenerse en el poder, acude a la violencia, lo cual a su vez significa la eliminación inmediata de un Estado de Derecho. Su poder se orienta a la adopción de acciones violentas para el control de la sociedad. Aunado a esto último, y en busca de acrecentar su dominio, el gobierno se ha dedicado, además, a desmantelar las instituciones para amalgamar en él los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Si bien en la actualidad el legislativo se encuentra en manos de una Asamblea mayoritariamente opositora, cuenta con el constante atropello y disentimiento de un tribunal esclavo del ejecutivo. Nos lo dicen en el artículo, y muestra clara de ello es la mención que hace el periodista sobre la decisión del TSJ de anular una de las leyes aprobadas por el Parlamento.
        
     La politóloga guatemalteca, Gloria Álvarez, ha argumentado en varias ocasiones, como en su conferencia en Zaragoza, que son, precisamente, los líderes populistas quienes hacen gala de estas prácticas corruptas. Invalidan las leyes en nombre del pueblo y ejecutan acciones que creen, y argumentan convencidos, son  pertinentes para salvaguardar el bienestar social. Jorge Tricás, en su ensayo Política, calle y libertad, sobre el populismo, expone lo siguiente:

“El discurso populista estimula a las personas para que paulatinamente abdiquen de su condición de ciudadanos, se replieguen en su mundo de comodidades materiales y se concentren exclusivamente en el disfrute del presente como tiempo plenamente significativo de la vida” (pp. 73).

       Es, entonces, el populismo una forma de antipolítica, y él está presente tanto en la sociedad brasileña como en la venezolana.

     El primer deber que tenemos como seres humanos, y por ende, como ciudadanos, es “proteger y velar por el espacio público” (Carlos Castro, 2016). En un gobierno populista, esta meta no se concreta. La voluntad popular es delegada toda en sus manos y él “acuerda” encargarse de todo cuanto respecte a los intereses particulares de cada uno. Nos convierte en seres individualistas que solo se van a preocupar por la satisfacción de sus necesidades, y de él va a depender nuestro bienestar, porque incentiva la dependencia a la necesidad y no a la libertad. Esto trae como consecuencia que no se desarrolle la vida política de una sociedad, que nos quedemos estancados y, en definitiva, el impedimento de nuestro avance por un cauce moderno. El individuo se convierte en un enajenado social esperanzado de que alguien más le resuelva sus problemas, en un relegado conformista desentendido por completo de su entorno. Una vez, sin embargo, que dejan de satisfacerse esas necesidades en un principio prometidas, el pueblo vuelve en sí y se da cuenta de cómo poco a poco sus posibilidades de salir adelante se restringen y cómo sus derechos van desapareciendo.

     Las manifestaciones surgidas en demanda de la celeridad en el proceso del revocatorio son la voz de cada venezolano exigiendo ser ciudadano, exigiendo que se respeten sus derechos confiscados y, asimismo, exigiendo su libertad. Porque la libertad, en contraste con el populismo, “al tener que ver con el mundo que existe entre nosotros y con el reconocimiento de cada uno de nosotros en él, es, por naturaleza, una cuestión esencialmente política que humaniza” (Tricás, J. Política, libertad y calle, pp. 151).

     Esto sucede igualmente en Brasil, si bien sin ningún tipo de represión por parte del gobierno. Cansados del actual sistema, marchan en conjunto en la protesta más multitudinaria que jamás se haya visto.

     Los brasileños proclaman a voz populi una restauración total de las bases que levantan los escombros en ruinas que ha dejado tras de sí una política populista. Lo han manifestado empresarios, médicos, amas de casa, todo ciudadano en busca del protagonismo que se le ha sido arrebatado. Para ellos, todo político es corrupto, y por ende se levantan pronunciando la siguiente afirmación: “los ciudadanos tenemos el poder y, si nos unimos, podemos imponer nuestro criterio”. Ni de izquierda ni de derecha, quieren marchar hacia una real democracia que se desligue por completo de prácticas destinadas a hundirlos en la miseria. ¿Y qué ese no es el deber ser? Por supuesto, porque ellos mismos, nosotros mismos, venezolanos, brasileños, latinos, ciudadanos de cualquier sociedad somos responsables de nuestra vida. El Estado no es el encargado de ello, para nada, tal como anuncia el profesor Briceño en el capítulo 34 de su programa, Reporte Semanal, El Estado debe es “garantizar las condiciones para que cada quien alcance su bienestar”.


     Señala el profesor Jorge Tricás en su ensayo Ética y política: Dimensión de lo público y lo privado (2009), que “solo en la esfera pública y política es donde el hombre puede sustraerse al universo natural de las especies y adoptar su propia condición como hombre”. Es allí donde se recrea el mundo del ciudadano y donde él va a poder encontrar cabida para iniciar y comenzar. Mientras que el espacio privado es una “constante en nuestras vidas”, nos lo aclara más adelante, el público se forma en la medida en que nosotros nos impliquemos en él, lo cual va a devenir en una retroalimentación, porque él nos genera a la vez que nosotros lo generamos a él. Ya no se va a tratar entonces de ese “mundo de las necesidades físicas y recurrentes”, sino del espacio que “surge cuando hay diversas perspectivas” (Arendt, H. ¿Qué es la política?, pp. 117).

          Ya hemos expresado que la política nace en el espacio público, y que nosotros pertenecemos a él siempre y cuando desplacemos el espacio privado en pro de intereses comunes, pero ¿y en los artículos? ¿Eso sucede? Sí, sucede, analicémoslo más detalladamente y planteémonos la siguiente pregunta: ¿qué relación existe entre el espacio público y el privado de ambas sociedades?

       La sociedad venezolana, exhausta de discursos populistas, recurre a manifestar por los atropellos del gobierno, de modo que aquella práctica se convierte en un medio para presionar y hacer valer sus derechos, así como también sus demandas frente al revocatorio. Cada ciudadano aparece en el espacio público y se desliga, por un momento, de sus intereses privados, si bien en apariencia, para reclamar los intereses comunes que nos competen a todos. Pero hay algo que es imprescindible mencionar, y ello son las acciones que tomó el gobierno para obstaculizarles su paso hasta el CNE. Mientras la marcha oficialista se celebró sin contratiempo alguno, a los simpatizantes de la MUD se les reprendió con bombas lacrimógenas. Esto no deja duda alguna de que el gobierno lo que siempre ha buscado es desentender al ciudadano del espacio público, porque solo sumido en sus intereses particulares es que se le ha podido dominar. Una vez que este suprime ese carácter individualista, es asediado por medidas que buscan atentar contra su dignidad. ¿Eso qué significa? Que no se promueve la libertad de opinión ni la pluralidad, elementos esenciales para ejercer la democracia. 

     Cuando la expresión popular es silenciada,  impidiéndoles a los individuos manifestar sin ser reprimidos, el régimen se eleva en miras de convertirse en totalitario. “La oposición a los partidos y la crítica contra ellos, se mueve tradicionalmente desde posiciones antidemocráticas” (Arendt, H. Existencia y libertad, política como profesión, pp. 76).

          Jorge Tricás, en su artículo Política, Calle y Libertad,  señala:

 “En nuestro entorno, marchar supone “hacer ejercicio y divertirse” por cuenta de un atropello del gobierno; el protestar, a diferencia, supone la carga adicional, manifiesta o no, de querer salir del gobierno. Por eso es que los partidos, más pronto, prefieren las marchas a las protestas de calle, pues en ellas son siempre los principales protagonistas. Las prefieren porque las marchas, en el fondo, sirven para celebrar mítines con la gente que, a la vuelta de la esquina, se traducen en votos a favor. Votos completamente inservibles bajo un régimen totalitario” (pp. 80).

     En consonancia con lo citado anteriormente, acceder al espacio público ha sido posible gracias al filtro que han representado los partidos políticos, que, si bien no se ha señalado en el apartado anterior, constituye una forma de antipolítica cuando solo se dedican a atender a sus intereses privados.

     Aquella marcha fue convocada y organizada por la MUD. Que se llevara a cabo, por supuesto, dependió de la participación civil, pero no ello significa que ellos hayan, por completo, entendido lo que significa su implicación en el espacio público, o al menos no en un 100%. Recuerdo leer, a modo de anécdota, a un muchacho que había publicado en una de sus redes una pregunta a dirigentes de la oposición, la cual hacía referencia a la fecha en la que se seguiría presionando al gobierno. Él, por supuesto, se haya atento al espacio público, pero utiliza de malla, de filtro para llegar allí, a los partidos. Nuestra participación en la vida pública, de esta manera, termina viéndose restringida. Las acciones que tomemos, las marchas que llevemos a cabo, siempre esperan a la orden de calendarios propuestos por partidos. ¿Qué acaso ello no restringe nuestra participación? De cierta manera, en cierta medida. La pregunta se responde por sí sola.  

     A esto se le conoce como partido máquina. Ellos promueven que los ciudadanos se desprendan del espacio público, y de esta manera, se vela por la figura del liderazgo, sobre quien será delegada toda responsabilidad.

     Esta participación, si bien apunta a un interés por el espacio público, es debida, en su mayor parte, a una política que no ha permitido satisfacer los intereses particulares, pues es un clamor que responde a un deseo colectivo de salir de este gobierno cuando antes, sin importar lo que venga después. Hay que destacar que sí el individuo se ha inmiscuido en la esfera pública, pero en su pensar aún no ha adquirido la conciencia necesaria que lo reivindique como un real y completo ciudadano.   

     La sociedad brasileña, por su parte, alzó su voz, no en una marcha como en el caso anterior, sino en una protesta. Ellos han entendido, y ello se percibe en sus declaraciones, que los ciudadanos son los únicos responsables de imponer la voluntad popular. En todos lados, en cada rincón, una pluralidad de pensamiento se desligó de su espacio privado y atendió al llamado a ser y actuar en su país como un ciudadano y no, como dice Gloria Álvarez en referencia a los individuos gobernados por un líder populista, como súbdito.  

          Al convivir durante varios años en una política populista, con miras a convertirse en totalitaria y bajo un régimen corrupto, los brasileños se dieron cuenta de que, con este sistema, la miseria y la  violencia aumentaban, y sus vidas giraban en torno a satisfacer, únicamente, sus necesidades privadas, sin dejarles espacio a ellos para intervenir e influir sobre su entorno. Nos lo dice Jorge Tricás en su ensayo Ética y política: Dimensión de lo público y lo privado (2009): “la cultura de la dependencia ha promovido la falta de iniciativa en las personas, bloqueando también el desarrollo de la responsabilidad individual”.

     El adoctrinamiento colectivo se convirtió en conciencia popular, y si bien dirigentes políticos estuvieron presentes, fue la sociedad, en su conjunto, la que a viva voz expresó su negativa contra Rousseff, presidenta destituida de Brasil que ahora enfrenta un juicio político por casos de corrupción. Porque si solo los funcionarios iluminados tienen la potestad de tomar decisiones, nos terminamos transformando en los “esclavos de un populismo paternalista” (Álvarez, G. Populismo vs. República, 2015). Hay conciencia colectiva (conocimiento del rol del ciudadano) ilustrada en el artículo: “al fin y al cabo, los ciudadanos tenemos el poder y, si nos unimos, podemos imponer nuestro criterio”; lo citado representa pluralidad. Aquello rompe con la dependencia de los líderes de partidos máquinas, pues “si gritan contra la corrupción, tienen que gritar contra todos”. Por ende, se visualiza la importancia del espacio público sobre el privado. El medio es la protesta; el fin, llegar a un Estado moderno digno de pluralidad y democracia, una república que pueda garantizar el desarrollo íntegro de todos los individuos.
  En ambas sociedades se ven reflejadas una forma indefectible de antipolítica, ello dio pie a que surgieran manifestaciones en contra de los gobernantes y su forma de gobierno, el cual es el perfecto ejemplo de esto, ya que la antipolítica es “el fenómeno mediante el cual las instituciones se ven incapacitadas para resolver y satisfacer las demandas sociales” (Briceño, H. 2014). La desobediencia civil es una respuesta a la falta de apoyo y asentimiento a la autoridad; esa falta de apoyo es la creencia, y si la creencia tiene que ver con la legitimidad, entonces esos gobiernos, para esas personas que les han quitado su aprobación, dejan de ser legítimos, pues sus medidas y formas de proceder no son válidas.  

     El populismo está vigente, y es una forma predominante de hacer política, en las sociedades analizadas, es por esto que se ven sumergidas en problemas del ámbito político, económico y social, porque este tipo de gobierno ofrece, hasta donde le conviene, una solución inmediata a los problemas individuales, y, como afirma  Freidenberg (2012), está caracterizado por la relación directa, carismática, personalista y paternalista entre líder-seguidor. El ser un líder personalista perjudica en general a la sociedad, puesto que ejerce su poder sin tomar en cuenta la constitución o las instituciones con el fin de cumplir la “voluntad popular”.  
     El líder populista tiene el poder para intervenir por sus seguidores en busca de proteger y mejorar el espacio público y privado de cada ciudadano, aunque en realidad solo se enfoca en las necesidades personales y privadas, creando un ciudadano individualista que solo tiene interés en las necesidades materiales, lo cual destruye y pone sobre el espacio público, al privado. En síntesis, la antipolítica genera que el hombre deje de ser ciudadano, pues hace que este se desentienda de la vida pública, así de los intereses comunes, y se enfoque no más que en sus intereses particulares. “No hay duda, cuando el individuo es consignado a la oscuridad de su existencia privada, no solo pierde su libertad, sino que, de hecho, pierde aquello que lo hace irrepetible ante los demás: la luz del mundo público” (Tricás, J. Ética y política, pp.2).

     Los movimientos surgidos como consecuencia de ello, si bien uno tiende, como se dijo antes, a una marcha y otro a una protesta, responden ambos a algo que Tricás ha definido en su obra Política, calle y libertad como la felicidad pública, que no es más que la “efervescencia resultante de cuando somos protagonistas de los acontecimientos que guían los acontecimientos públicos y ciudadanos” (pp. 118).  Claro que siempre podemos sentirnos los protagonistas sin serlo realmente, en teoría, pues el clamor de un pueblo, por más que sea organizado y dirigido por un partido, siempre logrará hacer eco. Estamos entonces hablando del “fervor colectivo de una insurgencia democrática que siempre ocurre cuando los individuos son capaces de despojarse de sus intereses personales, apareciendo en la arena pública con el ropaje de un ciudadano que lucha por la libertad como único carburante de su paroxismo político” (Tricás, J. Política, calle y libertad, pp. 118).

     Otro punto importante de aclarar, respecto a la relación espacio público-privado, es que, en Venezuela, el hecho de que reprimieran a los opositores con bombas lacrimógenas, deja en claro que el espacio privado es más valorado que el público, pues se hace opresión a la libre opinión pública y al intercambio de realidades, provocando que los ciudadanos velen por sus necesidades personales y que exista una violencia entre los individuos y el espacio público.  No obstante, en Brasil, es un caso totalmente contrario, porque los individuos que se manifestaron lo pudieron hacer libremente sin opresión por parte del gobierno en curso, es decir, se respetó el espacio público donde los brasileños expresaron su descontento con el sistema populista del país.

     Es necesario rescatar la toma de conciencia que implicó que millones, miles, infinidades de brasileños protestaran contra una ideología que ni bienes les daba, ni beneficios, a nivel moral y humano, les producía. Porque es desde allí que podrán desmantelarse los viejos trastes de prácticas ilícitas que buscan en todo momento la individuación civil, el encarcelamiento del individuo en su propio yo y su enajenamiento de la sociedad de la que es miembro. Requerimos con urgencia, desde ahora, ser ciudadanos y no súbditos, y ello significa construir instituciones que funcionen, alzar gobiernos transparentes y volvernos hacia el espacio público para velar nosotros mismos por nuestro propio bienestar, sin delegar sobre otro esa tarea tan importante.   

  
Referencias
  •          Castro, C. (2012)El populismo: ¿Líder necesario?
  •          Tricás, J. (2009)Ética y política: dimensión de lo público y lo privado.
  •          Carlos Castro. Glosario de términos. (cita: Max Weber)
  •          Álvarez, G. Aprender Volando: Populismo vs República. (Fecha de consulta: 20/05/2016). [Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=MZYEFNMdxG4]
  •          Arendt, H. Existencia y Libertad. Editorial: Tecnos.
  •          Arendt, H. ¿Qué es la política? Barcelona. Editorial: Paidós.
  •          Tricás, J. Política, calle y libertad