sábado, 18 de junio de 2016

Hablemos sobre democracia

Si os acordáis, ya en entradas anteriores hemos aludido a la naturaleza del hombre como ser social y como animal político, pero vale la pena precisar unos detalles. Él, en la búsqueda por el alcance de sus objetivos, se organiza y realiza consensos con sus iguales, de forma que se lleguen a acuerdos que logren atender a los problemas que les son comunes a todos. Extrapolando ello a un ámbito más general: el cómo se organizan y resuelven esos problemas es lo que, precisamente, define la forma de gobierno de esa sociedad.

De boca de Rousseau, cedemos nuestra libertad natural por una cívica.

Una forma de gobierno de gran repercusión, en estos últimos tiempos que corren, ha sido la democracia. “El gobierno del pueblo”, como lo citarían los griegos, de quienes aquella idea proviene. El pueblo -o la polis, como también se le puede llamar- “implica a un grupo de personas que conviven dentro de un espacio delimitado” (Castro, 2016). Cada persona por separado recibe el título de ciudadano, siempre y cuando vele por el espacio público. Y es que la sociedad, para ser política -y ser democrática- debe estar conformada por ciudadanos, pues son ellos “la base de la democracia” (Castro, 2016).   

La democracia está diseñada para garantizar y promover la libertad de los individuos; sin ella, ellos no se pueden desarrollar. Gloria Álvarez, en su participación en el programa ‘El gato al agua’, aclara este punto. La politóloga guatemalteca la define como un medio de comunicación entre el ciudadano y el gobernante. Y es que la libertad no puede ser posible si tu pensamiento se halla restringido. Sin embargo -¡el pero de los peros de los peros!-, y aquí llegamos al meollo del asunto, puede tender a la demagogia y de allí, posteriormente, devenir en populismo. ¿De qué forma? ¿En qué manera? ¿¡Eso es posible!? Tan solo asusta las declaraciones de Hannah Arendt al respecto: “los orígenes del totalitarismo están en la democracia”. Totalitarismo, dictadura, tiranía. Vale, esas son las consecuencias, y ellas son factibles de suceder cuando la democracia no es entendida como un problema político, sino económico y social.

En las sociedades que no son modernas, la democracia siempre va a tirar hacia el lado de la igualdad, de tal forma que la termina convirtiendo en su fundamental problema. Y usted me dirá: “¿pero cuál es el inconveniente, mija?”, en el significado que nosotros, o nuestros gobiernos, le terminamos dando.

Sobre las ramificaciones (desvíos) que puede tomar la democracia, vamos a detenernos. Y, para ello, analicemos las sociedades de dos países latinoamericanos: Venezuela y Bolivia, partiendo de dos hechos noticiosos: “Ahora invadir propiedades será legal y con apoyo del rojo gobierno delincuente” y “La lucha indígena para detener los atropellos y abusos de Evo Morales”.

Ambos son casos de prácticas “democráticas” llevadas a cabo por líderes populistas, en los cuales la democracia adquiere un tinte más igualitario y menos liberal. En ellos se tergiversa lo que, por igualdad, debería ser entendida en esa forma de gobierno, hasta el punto de acontecer en tiranía: “la tiranía de la mayoría (igualdad)”, como explicaremos más adelante. Porque allí se evidencia cómo la igualdad ante la ley es reemplazada por una de condiciones, sin importar la libertad de los afectados. ¿Y aquella última entendida en qué sentido? Esa que solo es posible cuando se encuentran protegidos los tres derechos inalienables de todo ser humano: el de la vida, el de la propiedad privada y el de la libertad de expresión. En cuatro palabras: el Estado de Derecho.  
Cada uno de nosotros es el ciudadano de una nación. La obligación del Estado, para con nosotros, es “garantizarnos nuestra libertad, igualdad ante la ley y fraternidad” (Castro, 2016). Eso sugiere, entonces, que las leyes son la garantía de nuestra libertad, pues en ellas están contemplados nuestros deberes y derechos como ciudadanos. Nosotros somos los responsables de velar por que en el espacio público aquellos no se vean transgredidos, lo cual se logra construyendo día a día, desde nosotros, la sociedad que queremos. Es un error creer que el Estado es el encargado de ocuparse de todos los problemas públicos; al contrario, en conjunto con los ciudadanos, se resuelven los problemas. ¿A través de cuál vía? La democracia. Y en esas últimas líneas hemos introducido un punto importantísimo: sobre el Estado no recaen todos los problemas. He aquí lo que sería el papel fundamental de la república como apoyo del otro sistema. La república defiende la libertad del individuo -o sea, su estado de derecho-, y contraviene la centralización del poder. “Democracia y liberalismo obedecen a propósitos distintos. La primera se orienta a fortalecer el poder; el segundo se preocupa por limitarlo” (Martínez, M. El concepto de democracia totalitaria de Talmon y su pertinencia en nuestros tiempos, pp. 136).

Ahora bien, ¿qué sucede en ambas noticias? Las leyes -o acuerdo, en el caso de Bolivia para con el presidente por el respeto de su territorio- pierden vigencia y no logran defender al individuo ni del Estado ni de los grupos invasores. Se atenta, sin lugar a dudas, contra el Estado de Derecho, pues se irrespeta indubitablemente el derecho a la propiedad privada.

Las instituciones pertinentes, en ambos casos, velaron arbitrariamente por un grupo, dejando al otro desamparado. ‘Las invasiones ya no serán delito’, se lee en la primera noticia, y ‘se ordenó la inmediata liberación de los campesinos que hayan sido juzgados bajo esa condición’. No habrá pena ni castigo, anuncian, para aquellos que incurran en la violación de ese derecho que, por nacimiento, nos corresponde. En Bolivia sucedió algo parecido. Lo que comenzó como una simple migración de grupos pequeños de andinos a Tipnis, terminó convirtiéndose en una invasión masiva, ello con el propósito de cultivar coca; pero el problema no se quedó allí, sino que transcendió, no ahora por los andinos y sus prácticas devastadoras, sino por el peligro que corre su territorio ante el proyecto tajante de la construcción de una carretera, mismo impulsado por ese gobierno que había prometido protegerlos.  

Atropello, tras atropello. Esta declaración, si bien parte de la problemática en Venezuela, puede aplicarse a ambos sucesos: “Durante años, el comandante presidente ha incitado y ejercido la invasión como una forma demagógica y populista de ganarse los favores de una parte de la población”.

Estamos ante la presencia de algo conocido como la omnipotencia de la mayoría, que devino, por como los hechos nos lo demuestran, en tiranía. Un grupo mayoritario se impuso, con el favor del gobierno, sobre una minoría. A los jueces y fiscales, en Venezuela, tras ese decreto, no les queda más remedio que ajustarse a la norma. Deben ellos someter su criterio y su juicio a la opinión de la mayoría, quieran o no, pues las leyes los amparan y responden a sus intereses. Algo así como en Bolivia, en donde incluso niños y pobladores, de la comunidad afectada, son partícipes de la práctica del cultivo de coca. Aun quien ose demandarlos por sus injusticias, es agredido, como el obispo de Cochabamba. Entonces, esto nos demuestra que no se defienden los derechos de todos y que a la minoría se les oprime, se les excluye, se les restringe.

Ahora los grupos mayoritarios podrán actuar a libre albedrío, invadir si les da la gana, porque en nombre de la democracia pueden hacerlo. “En la igualdad hay una gran tiranía”, apunta el chileno Axel Kaiser en la entrevista que le realizó Sergio Sarmiento, en ‘Azteca opinión’. Y aquí lo vemos. La igualdad moral se supedita a la material, la cual coge mayor terreno. “Se ha constatado que las democracias son de hecho ‘poliarquías’” (Sartori, G. ¿Qué es la democracia?, pp. 4). La democracia, en ambos países, se vuelve una poliarquía que favorece a un pueblo adepto a un gobierno omnipotente. “Para el escritor [Tocqueville], el poder de la mayoría se constituirá como un Leviatán mil veces más poderoso y temible que el soberano monarca de la teoría de Hobbes” (Martínez, M. El concepto de democracia totalitaria en Talmon y su pertinencia en nuestros tiempos, pp. 122).  

No hay una conciencia individual dirigida hacia un interés bien entendido. Prima, como si se encontrasen en estado de naturaleza, que en teoría es una posibilidad, pues se ha atentado contra el Estado de Derecho, el “quítate tú pa’ ponerme yo”.  No se cavila sobre el ‘si yo te perjudico a ti, me estoy perjudicando a mí mismo’. ¿Por qué? ¿Qué acaso esos grupos invasores no saben que, al no defender el espacio público, están perdiendo su condición como ciudadanos? ¿Por qué no sopesan el egoísmo de sus acciones? Porque cada quien se ocupa de sus intereses particulares. “Y es que en las sociedades no modernas, la violencia es común a la hora de hacer política; en ellas, el interés público es un trofeo” (Castro, 2016).

Quebrantar el derecho de alguien, es quebrantar el derecho de todos, pero, parece ser, que eso a ellos no les importa. Aunque lo ideal sería apostar por el interés público, el Estado ha adoctrinado a su pueblo para que enfoque sus virtudes y energías en sus propias necesidades. Es una forma de control, por supuesto, y bastante común, he de decir, en los líderes populistas.

La mentalidad que se genera como consecuencia gira en torno a un único plan: el asistencialismo, ‘la dependencia al estado’, como lo llamaría Axel Kaiser. Porque es el mesías político el que salva al pueblo. En una entrevista que le realizaron a Gloria Álvarez sobre su libro, ‘El engaño populista’, ella comenta:

“El populismo es un mecanismo de manipulación psicológica. Acaba con las instituciones republicanas; ya no existe un equilibrio de poder, ya no existe un Estado de Derecho, ya no existe igualdad ante la ley y constantemente el gobierno viola su mandato”.

Tal como sucede en Venezuela y en Bolivia.

Cita Martínez Miguel (2011) a Jacob Talmon en su trabajo de investigación, “El concepto de democracia totalitario en Talmon y su pertinencia en nuestros tiempos”, pp. 115, quien afirma lo siguiente:

“La democracia totalitaria privilegia la figura del colectivo por encima de las libertades individuales y se relaciona con la idea del ‘mesianismo político’. Amenaza la pluralidad, la tolerancia y el necesario mecanismo de contrapesos jurídicos”.

Ambos países no promueven la libertad propia de las democracias liberales; en cambio, se inclinan por lograr una igualdad de condiciones. Se vienen a convertir, entonces, en una suerte de democracias híbridas, en una especie de democracias totalitarias modernas, en unas dictaduras, como las definiría Talmon, “basadas en la ideología y en el entusiasmo de las masas […]. Suerte de religión política, civil y racionalista que termina por reclamar toda manifestación política para la política y para el Estado” (Martínez, M. El concepto de democracia totalitario en Talmon y su pertinencia en nuestros tiempos, pp. 127). Es difícil que, ante esto, los individuos y las minorías no queden totalmente desprotegidos. Los autócratas populares, como los llama Zakaria (2006), “hablan solos, en nombre de una muchedumbre ausente o descuidada” (Tocqueville, A. La democracia en América, pp. 499); lo que reviste a esos grupos que favorecen -la mayoría- “de una fuerza a la vez material y moral, que obra sobre la voluntad tanto como sobre las acciones, y que impide al mismo tiempo el hecho y el deseo de hacer” (Tocqueville, A. La democracia en América, pp. 260).    

No se ha fomentado en esos espacios el amor a la libertad, a ella se le ha dejado de lado cual objeto obsoleto, porque los gobiernos necesitan urgentemente que el individuo abdique de su capacidad para razonar, para crecer y desarrollarse. Eso les aterra, los coloca en evidente peligro. Como borregos, es fácil movernos y manipularnos, por eso es que aquí la educación juega un papel fundamental. Hay que educarnos, diría Gloria Álvarez, pero más específicamente hay que concienciarnos individual y colectivamente. Ahora más que nunca Democracia y República deben llevarnos de la mano hacia el progreso, juntos, no como entes separados. Porque es tiempo de preocuparnos, mas también de ocuparnos. “Y no es que la virtud sea bella, es útil. Al servir el hombre a sus semejantes, se sirve a sí mismo” (Tocqueville, A. La democracia en América, pp. 484).        



      

sábado, 21 de mayo de 2016

Panorama actual: el populismo latinoamericano y una sociedad que lo desaprueba

    Dilma Rousseff en Brasil y Nicolás Maduro en Venezuela, ambos representantes de una forma de gobierno surgida a principios de siglo, y que se hizo tendencia en diversos países latinoamericanos, la cual no solo se ha encargado de violentar contra los tres derechos inalienables de todo ser humano: la vida, la propiedad privada y la libertad de culto, más aun de la segunda, sino también de erosionar las bases de la sociedad que gobiernan. El socialismo del siglo XXI, como se le conoce, en los últimos tiempos que corren, ha devenido en pobreza y en ruinas, y en la deshumanización de un pueblo dependiente del alto intervencionismo gubernamental. El descontento generalizado que esto ha traído consigo se tradujo en el suceder contenido en dos hechos noticiosos que serán analizados posteriormente, ellos son: Chavismo y oposición se movilizan nuevamente en forcejeo por revocatorio y Brasil aúlla contra la izquierda: dentro de la mayor protesta de su historia. Pero, ¿por qué han sido seleccionados?

     La política, se sabe, es un juego de poderes, así como también “un proceso en constante movimiento, que implica diversas acciones por el que las comunidades persiguen objetivos colectivos para enfrentar sus conflictos, encontrar soluciones y tomar decisiones ejecutables por una autoridad”, y tanto el uno como el otro, en referencia a los artículos, son muestras claras de las formas de poder preponderantes en la región y del efecto e impacto surgidos como consecuencia. Lo que en ellos se evidencia es de real importancia para comprender el decaimiento de dos sociedades -a causa de la toma de poder de un líder paternalista, que, contrario a lo ya definido como lo que es la política, le resta protagonismo a sus ciudadanos y se alza como la única voz audible existente-, pues representan un grito colectivo que exige un cambio, un espacio de participación y de escucha a sus demandas.  
                           …

     Por naturaleza, los seres humanos somos animales políticos, y aquella condición, que ya nos la había definido Aristóteles hacía mucho tiempo atrás, se debe, especialmente, a que somos seres sociales. Nuestro bienestar va a depender de la convivencia con el otro, lo cual significa que convivimos y buscamos el orden en pro del alcance de nuestros objetivos, y son esos consensos que se generan, la esencia de la política. La forma de hacer acuerdos no es más, entonces, que la forma de gobierno.

     En Venezuela y en Brasil, como ya se ha dicho, las formas de gobierno son izquierdistas-populistas y se enmarcan dentro de un modelo socialista. En ellos, se ha priorizado la igualdad sobre la libertad, lo cual ha acarreado que sea el espacio público el que predomine sobre el privado. El problema está en que, si no se fomenta el espacio público, se genera antipolítica.   

     Decía Max Weber que quienes construimos a la sociedad somos, precisamente, nosotros, los individuos, únicos actores sociales capaces de moldear el entorno que nos rodea. Ello conlleva implicación e interés por lo que en el espacio público se suscita; ello implica, necesariamente, la preocupación por que sean respetados nuestros intereses comunes, porque son esas características las que nos convierten en ciudadanos. Individuo que se enfrasca en sus intereses particulares y no atiende a un mínimo desplazamiento del espacio privado deja, por lo tanto, de ser ciudadano. Y el dejar de ser ciudadano va de la mano con la antipolítica, pues se opone a nuestra condición como seres políticos y, asimismo, a nuestra condición como seres humanos. “Cuando una sociedad no es política, el hombre deja de ser un ser humano” (Hannah Arendt).

     Según Max Weber, el poder “es la capacidad que tiene un individuo o grupos de imponer su voluntad aunque haya resistencia”. Este es la base de toda sociedad y se encuentra sustentado en la legitimidad, concepto que define este mismo autor como la “creencia en que un determinado orden, acción, norma o pauta es justa y válida”. Esto quiere decir que si una norma deja de ser válida, pierde legitimidad. Y una sociedad sin legitimidad deja de ser política.

     En Venezuela, de acuerdo a lo expuesto en el artículo, la autoridad a cargo ha perdido legitimidad. Las protestas y manifestaciones controladas a punta de represión evidencian, además del descontento de los venezolanos unidos en defensa de sus derechos, las vías por las cuales el gobierno intenta legitimarse. Para mantenerse en el poder, acude a la violencia, lo cual a su vez significa la eliminación inmediata de un Estado de Derecho. Su poder se orienta a la adopción de acciones violentas para el control de la sociedad. Aunado a esto último, y en busca de acrecentar su dominio, el gobierno se ha dedicado, además, a desmantelar las instituciones para amalgamar en él los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Si bien en la actualidad el legislativo se encuentra en manos de una Asamblea mayoritariamente opositora, cuenta con el constante atropello y disentimiento de un tribunal esclavo del ejecutivo. Nos lo dicen en el artículo, y muestra clara de ello es la mención que hace el periodista sobre la decisión del TSJ de anular una de las leyes aprobadas por el Parlamento.
        
     La politóloga guatemalteca, Gloria Álvarez, ha argumentado en varias ocasiones, como en su conferencia en Zaragoza, que son, precisamente, los líderes populistas quienes hacen gala de estas prácticas corruptas. Invalidan las leyes en nombre del pueblo y ejecutan acciones que creen, y argumentan convencidos, son  pertinentes para salvaguardar el bienestar social. Jorge Tricás, en su ensayo Política, calle y libertad, sobre el populismo, expone lo siguiente:

“El discurso populista estimula a las personas para que paulatinamente abdiquen de su condición de ciudadanos, se replieguen en su mundo de comodidades materiales y se concentren exclusivamente en el disfrute del presente como tiempo plenamente significativo de la vida” (pp. 73).

       Es, entonces, el populismo una forma de antipolítica, y él está presente tanto en la sociedad brasileña como en la venezolana.

     El primer deber que tenemos como seres humanos, y por ende, como ciudadanos, es “proteger y velar por el espacio público” (Carlos Castro, 2016). En un gobierno populista, esta meta no se concreta. La voluntad popular es delegada toda en sus manos y él “acuerda” encargarse de todo cuanto respecte a los intereses particulares de cada uno. Nos convierte en seres individualistas que solo se van a preocupar por la satisfacción de sus necesidades, y de él va a depender nuestro bienestar, porque incentiva la dependencia a la necesidad y no a la libertad. Esto trae como consecuencia que no se desarrolle la vida política de una sociedad, que nos quedemos estancados y, en definitiva, el impedimento de nuestro avance por un cauce moderno. El individuo se convierte en un enajenado social esperanzado de que alguien más le resuelva sus problemas, en un relegado conformista desentendido por completo de su entorno. Una vez, sin embargo, que dejan de satisfacerse esas necesidades en un principio prometidas, el pueblo vuelve en sí y se da cuenta de cómo poco a poco sus posibilidades de salir adelante se restringen y cómo sus derechos van desapareciendo.

     Las manifestaciones surgidas en demanda de la celeridad en el proceso del revocatorio son la voz de cada venezolano exigiendo ser ciudadano, exigiendo que se respeten sus derechos confiscados y, asimismo, exigiendo su libertad. Porque la libertad, en contraste con el populismo, “al tener que ver con el mundo que existe entre nosotros y con el reconocimiento de cada uno de nosotros en él, es, por naturaleza, una cuestión esencialmente política que humaniza” (Tricás, J. Política, libertad y calle, pp. 151).

     Esto sucede igualmente en Brasil, si bien sin ningún tipo de represión por parte del gobierno. Cansados del actual sistema, marchan en conjunto en la protesta más multitudinaria que jamás se haya visto.

     Los brasileños proclaman a voz populi una restauración total de las bases que levantan los escombros en ruinas que ha dejado tras de sí una política populista. Lo han manifestado empresarios, médicos, amas de casa, todo ciudadano en busca del protagonismo que se le ha sido arrebatado. Para ellos, todo político es corrupto, y por ende se levantan pronunciando la siguiente afirmación: “los ciudadanos tenemos el poder y, si nos unimos, podemos imponer nuestro criterio”. Ni de izquierda ni de derecha, quieren marchar hacia una real democracia que se desligue por completo de prácticas destinadas a hundirlos en la miseria. ¿Y qué ese no es el deber ser? Por supuesto, porque ellos mismos, nosotros mismos, venezolanos, brasileños, latinos, ciudadanos de cualquier sociedad somos responsables de nuestra vida. El Estado no es el encargado de ello, para nada, tal como anuncia el profesor Briceño en el capítulo 34 de su programa, Reporte Semanal, El Estado debe es “garantizar las condiciones para que cada quien alcance su bienestar”.


     Señala el profesor Jorge Tricás en su ensayo Ética y política: Dimensión de lo público y lo privado (2009), que “solo en la esfera pública y política es donde el hombre puede sustraerse al universo natural de las especies y adoptar su propia condición como hombre”. Es allí donde se recrea el mundo del ciudadano y donde él va a poder encontrar cabida para iniciar y comenzar. Mientras que el espacio privado es una “constante en nuestras vidas”, nos lo aclara más adelante, el público se forma en la medida en que nosotros nos impliquemos en él, lo cual va a devenir en una retroalimentación, porque él nos genera a la vez que nosotros lo generamos a él. Ya no se va a tratar entonces de ese “mundo de las necesidades físicas y recurrentes”, sino del espacio que “surge cuando hay diversas perspectivas” (Arendt, H. ¿Qué es la política?, pp. 117).

          Ya hemos expresado que la política nace en el espacio público, y que nosotros pertenecemos a él siempre y cuando desplacemos el espacio privado en pro de intereses comunes, pero ¿y en los artículos? ¿Eso sucede? Sí, sucede, analicémoslo más detalladamente y planteémonos la siguiente pregunta: ¿qué relación existe entre el espacio público y el privado de ambas sociedades?

       La sociedad venezolana, exhausta de discursos populistas, recurre a manifestar por los atropellos del gobierno, de modo que aquella práctica se convierte en un medio para presionar y hacer valer sus derechos, así como también sus demandas frente al revocatorio. Cada ciudadano aparece en el espacio público y se desliga, por un momento, de sus intereses privados, si bien en apariencia, para reclamar los intereses comunes que nos competen a todos. Pero hay algo que es imprescindible mencionar, y ello son las acciones que tomó el gobierno para obstaculizarles su paso hasta el CNE. Mientras la marcha oficialista se celebró sin contratiempo alguno, a los simpatizantes de la MUD se les reprendió con bombas lacrimógenas. Esto no deja duda alguna de que el gobierno lo que siempre ha buscado es desentender al ciudadano del espacio público, porque solo sumido en sus intereses particulares es que se le ha podido dominar. Una vez que este suprime ese carácter individualista, es asediado por medidas que buscan atentar contra su dignidad. ¿Eso qué significa? Que no se promueve la libertad de opinión ni la pluralidad, elementos esenciales para ejercer la democracia. 

     Cuando la expresión popular es silenciada,  impidiéndoles a los individuos manifestar sin ser reprimidos, el régimen se eleva en miras de convertirse en totalitario. “La oposición a los partidos y la crítica contra ellos, se mueve tradicionalmente desde posiciones antidemocráticas” (Arendt, H. Existencia y libertad, política como profesión, pp. 76).

          Jorge Tricás, en su artículo Política, Calle y Libertad,  señala:

 “En nuestro entorno, marchar supone “hacer ejercicio y divertirse” por cuenta de un atropello del gobierno; el protestar, a diferencia, supone la carga adicional, manifiesta o no, de querer salir del gobierno. Por eso es que los partidos, más pronto, prefieren las marchas a las protestas de calle, pues en ellas son siempre los principales protagonistas. Las prefieren porque las marchas, en el fondo, sirven para celebrar mítines con la gente que, a la vuelta de la esquina, se traducen en votos a favor. Votos completamente inservibles bajo un régimen totalitario” (pp. 80).

     En consonancia con lo citado anteriormente, acceder al espacio público ha sido posible gracias al filtro que han representado los partidos políticos, que, si bien no se ha señalado en el apartado anterior, constituye una forma de antipolítica cuando solo se dedican a atender a sus intereses privados.

     Aquella marcha fue convocada y organizada por la MUD. Que se llevara a cabo, por supuesto, dependió de la participación civil, pero no ello significa que ellos hayan, por completo, entendido lo que significa su implicación en el espacio público, o al menos no en un 100%. Recuerdo leer, a modo de anécdota, a un muchacho que había publicado en una de sus redes una pregunta a dirigentes de la oposición, la cual hacía referencia a la fecha en la que se seguiría presionando al gobierno. Él, por supuesto, se haya atento al espacio público, pero utiliza de malla, de filtro para llegar allí, a los partidos. Nuestra participación en la vida pública, de esta manera, termina viéndose restringida. Las acciones que tomemos, las marchas que llevemos a cabo, siempre esperan a la orden de calendarios propuestos por partidos. ¿Qué acaso ello no restringe nuestra participación? De cierta manera, en cierta medida. La pregunta se responde por sí sola.  

     A esto se le conoce como partido máquina. Ellos promueven que los ciudadanos se desprendan del espacio público, y de esta manera, se vela por la figura del liderazgo, sobre quien será delegada toda responsabilidad.

     Esta participación, si bien apunta a un interés por el espacio público, es debida, en su mayor parte, a una política que no ha permitido satisfacer los intereses particulares, pues es un clamor que responde a un deseo colectivo de salir de este gobierno cuando antes, sin importar lo que venga después. Hay que destacar que sí el individuo se ha inmiscuido en la esfera pública, pero en su pensar aún no ha adquirido la conciencia necesaria que lo reivindique como un real y completo ciudadano.   

     La sociedad brasileña, por su parte, alzó su voz, no en una marcha como en el caso anterior, sino en una protesta. Ellos han entendido, y ello se percibe en sus declaraciones, que los ciudadanos son los únicos responsables de imponer la voluntad popular. En todos lados, en cada rincón, una pluralidad de pensamiento se desligó de su espacio privado y atendió al llamado a ser y actuar en su país como un ciudadano y no, como dice Gloria Álvarez en referencia a los individuos gobernados por un líder populista, como súbdito.  

          Al convivir durante varios años en una política populista, con miras a convertirse en totalitaria y bajo un régimen corrupto, los brasileños se dieron cuenta de que, con este sistema, la miseria y la  violencia aumentaban, y sus vidas giraban en torno a satisfacer, únicamente, sus necesidades privadas, sin dejarles espacio a ellos para intervenir e influir sobre su entorno. Nos lo dice Jorge Tricás en su ensayo Ética y política: Dimensión de lo público y lo privado (2009): “la cultura de la dependencia ha promovido la falta de iniciativa en las personas, bloqueando también el desarrollo de la responsabilidad individual”.

     El adoctrinamiento colectivo se convirtió en conciencia popular, y si bien dirigentes políticos estuvieron presentes, fue la sociedad, en su conjunto, la que a viva voz expresó su negativa contra Rousseff, presidenta destituida de Brasil que ahora enfrenta un juicio político por casos de corrupción. Porque si solo los funcionarios iluminados tienen la potestad de tomar decisiones, nos terminamos transformando en los “esclavos de un populismo paternalista” (Álvarez, G. Populismo vs. República, 2015). Hay conciencia colectiva (conocimiento del rol del ciudadano) ilustrada en el artículo: “al fin y al cabo, los ciudadanos tenemos el poder y, si nos unimos, podemos imponer nuestro criterio”; lo citado representa pluralidad. Aquello rompe con la dependencia de los líderes de partidos máquinas, pues “si gritan contra la corrupción, tienen que gritar contra todos”. Por ende, se visualiza la importancia del espacio público sobre el privado. El medio es la protesta; el fin, llegar a un Estado moderno digno de pluralidad y democracia, una república que pueda garantizar el desarrollo íntegro de todos los individuos.
  En ambas sociedades se ven reflejadas una forma indefectible de antipolítica, ello dio pie a que surgieran manifestaciones en contra de los gobernantes y su forma de gobierno, el cual es el perfecto ejemplo de esto, ya que la antipolítica es “el fenómeno mediante el cual las instituciones se ven incapacitadas para resolver y satisfacer las demandas sociales” (Briceño, H. 2014). La desobediencia civil es una respuesta a la falta de apoyo y asentimiento a la autoridad; esa falta de apoyo es la creencia, y si la creencia tiene que ver con la legitimidad, entonces esos gobiernos, para esas personas que les han quitado su aprobación, dejan de ser legítimos, pues sus medidas y formas de proceder no son válidas.  

     El populismo está vigente, y es una forma predominante de hacer política, en las sociedades analizadas, es por esto que se ven sumergidas en problemas del ámbito político, económico y social, porque este tipo de gobierno ofrece, hasta donde le conviene, una solución inmediata a los problemas individuales, y, como afirma  Freidenberg (2012), está caracterizado por la relación directa, carismática, personalista y paternalista entre líder-seguidor. El ser un líder personalista perjudica en general a la sociedad, puesto que ejerce su poder sin tomar en cuenta la constitución o las instituciones con el fin de cumplir la “voluntad popular”.  
     El líder populista tiene el poder para intervenir por sus seguidores en busca de proteger y mejorar el espacio público y privado de cada ciudadano, aunque en realidad solo se enfoca en las necesidades personales y privadas, creando un ciudadano individualista que solo tiene interés en las necesidades materiales, lo cual destruye y pone sobre el espacio público, al privado. En síntesis, la antipolítica genera que el hombre deje de ser ciudadano, pues hace que este se desentienda de la vida pública, así de los intereses comunes, y se enfoque no más que en sus intereses particulares. “No hay duda, cuando el individuo es consignado a la oscuridad de su existencia privada, no solo pierde su libertad, sino que, de hecho, pierde aquello que lo hace irrepetible ante los demás: la luz del mundo público” (Tricás, J. Ética y política, pp.2).

     Los movimientos surgidos como consecuencia de ello, si bien uno tiende, como se dijo antes, a una marcha y otro a una protesta, responden ambos a algo que Tricás ha definido en su obra Política, calle y libertad como la felicidad pública, que no es más que la “efervescencia resultante de cuando somos protagonistas de los acontecimientos que guían los acontecimientos públicos y ciudadanos” (pp. 118).  Claro que siempre podemos sentirnos los protagonistas sin serlo realmente, en teoría, pues el clamor de un pueblo, por más que sea organizado y dirigido por un partido, siempre logrará hacer eco. Estamos entonces hablando del “fervor colectivo de una insurgencia democrática que siempre ocurre cuando los individuos son capaces de despojarse de sus intereses personales, apareciendo en la arena pública con el ropaje de un ciudadano que lucha por la libertad como único carburante de su paroxismo político” (Tricás, J. Política, calle y libertad, pp. 118).

     Otro punto importante de aclarar, respecto a la relación espacio público-privado, es que, en Venezuela, el hecho de que reprimieran a los opositores con bombas lacrimógenas, deja en claro que el espacio privado es más valorado que el público, pues se hace opresión a la libre opinión pública y al intercambio de realidades, provocando que los ciudadanos velen por sus necesidades personales y que exista una violencia entre los individuos y el espacio público.  No obstante, en Brasil, es un caso totalmente contrario, porque los individuos que se manifestaron lo pudieron hacer libremente sin opresión por parte del gobierno en curso, es decir, se respetó el espacio público donde los brasileños expresaron su descontento con el sistema populista del país.

     Es necesario rescatar la toma de conciencia que implicó que millones, miles, infinidades de brasileños protestaran contra una ideología que ni bienes les daba, ni beneficios, a nivel moral y humano, les producía. Porque es desde allí que podrán desmantelarse los viejos trastes de prácticas ilícitas que buscan en todo momento la individuación civil, el encarcelamiento del individuo en su propio yo y su enajenamiento de la sociedad de la que es miembro. Requerimos con urgencia, desde ahora, ser ciudadanos y no súbditos, y ello significa construir instituciones que funcionen, alzar gobiernos transparentes y volvernos hacia el espacio público para velar nosotros mismos por nuestro propio bienestar, sin delegar sobre otro esa tarea tan importante.   

  
Referencias
  •          Castro, C. (2012)El populismo: ¿Líder necesario?
  •          Tricás, J. (2009)Ética y política: dimensión de lo público y lo privado.
  •          Carlos Castro. Glosario de términos. (cita: Max Weber)
  •          Álvarez, G. Aprender Volando: Populismo vs República. (Fecha de consulta: 20/05/2016). [Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=MZYEFNMdxG4]
  •          Arendt, H. Existencia y Libertad. Editorial: Tecnos.
  •          Arendt, H. ¿Qué es la política? Barcelona. Editorial: Paidós.
  •          Tricás, J. Política, calle y libertad



jueves, 21 de abril de 2016

El Ávila y Monserrate: lugares de encuentro, lugares de interacción


     En la capital de ambos países latinoamericanos, un cerro se eleva, magnífico, entre los cuantiosos edificios que integran la ciudad. Uno es el cerro El Ávila, en Venezuela, y el otro, en Colombia, se llama Monserrate. Son considerados por los pobladores como símbolo integrador de su identidad (genera sentido de pertenencia) y, a la vez, como el pulmón de sus días; razón principal por la que hemos decidido seleccionar los artículos: “8 personas fueron atracadas el domingo en El Ávila” y “Más de 24 mil personas subieron a Monserrate el Domingo de Ramos”.

     Estos espacios desde hace mucho tiempo han ocupado lugar en la agenda de ambas culturas. Porque ¿que no es la cultura, como plantea Ralph Linton, si no “el estilo completo de vida de una sociedad”? (El concepto de cultura, pág. 258). Efectivamente, lo es, y en la forma de vivir de bogotanos y caraqueños la práctica del deporte, incluida allí la subida a pie por los cerros, ha cobrado importancia. Los habitantes se congregan o caminan solos y recorren la extensa flora. No es de extrañar entonces que en ellos se dé el escenario perfecto para la interacción, que no es otra cosa que cualquier forma de encuentro social entre individuos. Esto es clave en el proceso de socialización, al cual Durkheim define de la siguiente manera: “Proceso social por medio del cual los niños desarrollan una conciencia de las normas y valores y adquieren un sentido definido del yo”.

     La costumbre de ascender que han adquirido muchos, ha vuelto a la práctica parte de su cultura, ya sea para entretenerse y pasar el rato o para ejercitarse; en otras palabras, esas áreas las ha definido la sociedad como lugares de acopio. El ícono que representan ambos cerros en su cultura los han convertido en patrimonios y, como tal, en parte de la identidad de cada ciudadano, sobre todo de los capitalinos, quienes al virar su vista es con lo primero con lo que se encuentran. Esto es así, porque “la cultura es una conducta aprendida” (Antropología, pág. 260) y compartida, además, por un grupo determinado. En consonancia con esa idea, Edgar Shein, sobre la cultura, propone la siguiente acepción:

“Patrón de creencias básicas – inventadas, descubiertas o desarrolladas por un determinado grupo a medida que aprende a solucionar sus problemas de adaptación externa – que ha funcionado lo suficientemente bien como para ser considerado válido y que, por lo tanto, es transmitido y enseñado a los nuevos miembros del grupo como la manera correcta de percibir, analizar y sentir”.  

     Los patrones culturales confinan dentro de ellos límites para las variaciones de conducta en un tiempo y espacio específicos. Científicos sociales tienen por normas a “las reglas o estándares sobre lo que se considera una conducta aceptable” (Antropología, pág. 265). Esto es así porque “cada sociedad tiene ideas (valores y normas) sobre cómo la gente en situaciones particulares debe sentir y sobre cómo debe actuar” (Antropología, pág. 266).

     Partamos de allí para analizar cada artículo por separado.


     Por antonomasia, decía Aristóteles, los seres humanos, aparte de ser seres sociales, somos animales políticos. De la convivencia con los demás se establecen puentes de comunicación, destinados ellos a la negociación y al alcance de objetivos comunes que nos beneficien a todos.

     El objetivo de quienes suben al Ávila es compartir y/o pasar un rato agradable, sin que ello violente las normas de convivencia con el resto de los usuarios. Como ya señalamos más arriba, se comportan de acuerdo a lo que se espera, pues al ser un espacio público, existen patrones de conducta establecidos. No sucede siempre, sin embargo, debido a la existencia de grupos que no se amoldan, como es el caso de los disidentes que atentaron contra varios excursionistas.

     ¿Qué valor podemos extraer de dicha noticia? Es importante definir primero su significado. Carlos Castro (2016) lo puntualiza como lo que es valorado por la sociedad como importante, porque genera bienestar colectivo. La solidaridad entraría en esa categoría. Tras ser víctimas del hampa, las personas afectadas buscaron advertir a otros para evitar que atravesaran por una situación similar. El compañerismo es característico, como aquí se evidencia, de la actitud del venezolano. Prevenir deviene de la preocupación por el padecimiento ajeno, pero más aún por una norma de reciprocidad de tratar a otros como a mí me gustaría que me tratasen de ser otro el caso. ¿Qué queremos decir con esto? Que “lo que une a los individuos entre ellos es la norma de reciprocidad que demanda responder de igual forma a cierto comportamiento” (Dinámica del comportamiento social, pág. 216). Así, el cuidarse las espaldas, es un valor que, a la vez, se ha establecido implícitamente como una norma, lo cual no es de extrañar, tomando en cuenta que su origen está en las creencias.  

   La creciente delincuencia amerita la contribución de todos y cada uno para hacer frente a la inseguridad. La falta de presencia policial lleva a los ciudadanos a actuar en cuanto les sea posible: advertir a otros o presentar las denuncias pertinentes; aunque a este último no se sumaron muchos, quizá, por la concepción de la ineficiencia de parte de los grupos destinados a salvaguardarnos. Esto es así porque “cada cultura representa una adaptación a las demandas de su medio ambiente físico y biológico, lo que también puede significar una adaptación a su medio social” (Antropología, pág. 268).

     Entonces, sintetizando, la cultura legitima patrones de comportamiento. Los que se salen de la norma, en determinados contextos, son conocidos como desviados. Sociólogos definen a la desviación como la “falta de conformidad con una serie de normas dadas, que sí son aceptadas por un número significativo de personas de una comunidad o sociedad” (Desviación y delito, pág. 231). Los tres delincuentes, según esta acepción, serían considerados, por añadidura, como desviados, debido a que el concepto “no solo se refiere al comportamiento individual sino a las actividades en grupo”.

     Es debido a eso que de su comportamiento derivó no menos que malestar e indignación por lo que ellos hacían; ejemplo de ello es la desaprobación que se evidencia en la narración de los sucesos, por parte del periodista, y el testimonio de uno de los asaltados. ¿Pero a qué se debe eso? Tiene que ver con los patrones culturales de los que habíamos hecho mención anteriormente. “Todas las normas sociales van acompañadas de sanciones que fomentan la conformidad y que protegen contra la falta de ella” (Desviación y delito, pág. 232), su incumplimiento, generalmente, provoca el descontento de la mayoría. Una sanción negativa aplicada a dos de los delincuentes fue su detención por parte de los guardias. De todo esto se deduce que “la sociedad aplica sanciones formales o informales para reforzar sus normas” (Desviación y delito, pág. 274).

     Merton los tildaría, según su clasificación de conductas desviadas, como innovadores, pues persiguen los objetivos institucionales, que es conseguir dinero, a través de medios delictivos.  

     Algo que sería importante mencionar es la presencia de prejuicios. Los asaltantes usaban ropa deportiva dry-ty, algo que desconcertó a los presentes, pues la indumentaria no era la esperada, digamos, de gente cuyo objetivo es delinquir.    


     “La cultura es intrínseca a la sociedad y por ende fundamental en el desarrollo del individuo gracias a la socialización”
. La religión, como nos lo hace saber Durkheim, es una forma de cultura, debido a que se va a encargar de regular la vida de la sociedad y de los individuos.

     Ello podemos evidenciarlo en el presente artículo. Muchos colombianos se congregan en Semana Santa para celebrar la cuaresma. Eso les da sentido de pertenencia y constituye su identidad, porque “para que un comportamiento o acción se pueda considerar cultural, debe ser generalmente compartido por algunos grupos de la población o por grupos de individuos” (Antropología, pág. 258), lo cual, efectivamente, sucede. La interacción en ese espacio público genera integración social en la comunidad, debido a que son miles y miles de personas diferentes las que interactúan entre sí en pro de un beneficio en común, que es ejercer en esa semana sus prácticas religiosas.

     Partiendo de la definición tomada más arriba para el término ‘valor’, podemos extraer que en la sociedad colombiana impera un valor religioso. Los ciudadanos lo tienen en su vida como algo importante, pues les genera bienestar. Es prueba de ello que se tomen medidas para controlar la afluencia de gente y permitir que las actividades se desarrollen sin ninguna dificultad. El gobierno da valor a las prácticas de los feligreses y, además, las incentiva por medio de regulaciones en pro de su realización. Ejemplo de ello es la seguridad durante los actos y la asistencia a las personas que lo ameriten.

     La norma en esa sociedad, y sobre todo en ese tipo de actividades, es que las personas se adecuen a ciertos parámetros de comportamiento: se vistan de acuerdo a la ocasión y no generen disturbios ni mucho menos problemas a los demás, es decir, que se acoplen a las reglas mínimas de convivencia; si no lo hacen, serán sancionados. En su libro Los extraños, Becker aclara este punto:

“Todos los grupos sociales crean reglas y, en ciertos momentos y, en ciertas circunstancias, intentan imponerlas. Las reglas pueden ser de muchos tipos. Pueden estar formalmente promulgadas, y en este caso puede usarse la fuerza policial del Estado para imponerlas”.

    Aquellos que no supieron atender a estas normas fueron detenidos y controlados por las autoridades competentes, de ahí que la conducta desviada sea la conducta así llamada por la gente. Tal es el caso de los niños de ocho y diez años, quienes fueron puestos en custodia de la policía de menores tras incurrir en un delito.

     Su comportamiento, atendiendo a los calificativos que Becker da en su libro, los convirtió en marginales, es decir, en desviados. Becker afirma que para que un acto sea desviado va a depender del cómo los otros reaccionan frente al mismo (Los extraños, pág. 20). La intervención de la sociedad para corregirlos, o sancionarlos, en este caso, deja en evidencia su postura frente a sus acciones; como nos lo dejan ver, las desaprueban, pues es la sanción “cualquier tipo de reacción por parte de los demás ante el comportamiento de un individuo o grupo con el fin de garantizar que se cumpla una determinada norma (Desviación y delito, pág. 232).

     Ahora bien, entre ambas sociedades, en base a las noticias analizadas, ¿qué semejanzas y diferencias podemos encontrar? ¡Definámoslo!

Semejanzas y diferencias

     En ambas noticias, si bien en una no es tan detallada como en la otra, sale a relucir la presencia de circunstancias anormales. Empecemos, pues, con una breve descripción de los relatos. En el caso de los bogotanos, es tildado como desviado a los vendedores informales, quienes consumen y comercializan alcohol a lo largo y ancho del sendero; involucrados en un hecho aparte, están dos niños menores de edad, quienes delinquieron y protagonizaron un hurto. Aunado a eso, veinticuatro personas se desmayaron por no tomar las debidas prevenciones, y las autoridades actuaron, en efecto, interviniendo por medio de recomendaciones y control en general. En el caso de los caraqueños, se cuenta el devenir de un robo a mano armada, en el cual quince fueron las víctimas y ocho los que pusieron la denuncia.

     Como podemos ver, en Colombia la situación es resuelta con mayor activismo y presencia de los cuerpos competentes para hacer frente ante las situaciones irregulares, mientras que, en Venezuela, el Estado no parece intervenir, y si lo hace, su intervención sucede en menor medida y con menor eficacia.

     ¿En qué se traduce esto? En la sociedad bogotana, la norma y el cumplimiento de la misma son valores importantes en su cultura; se puede observar que mediante el evento ocurrido en el cerro Monserrate las autoridades capturaron a todos los desviados. En cambio, en la sociedad caraqueña, estos valores tienen poca significación en su cultura, poca trascendencia se le dan a los individuos "...que no se adaptan a lo que la mayoría de las personas definiría como reglas normales de aceptabilidad." (Desviación y delito, pág. 229). Los desviados en Caracas no fueron todos capturados. Otro aspecto importante son las diferencias de edades entre los antisociales bogotanos, quienes eran niños menores de ocho y diez años de edad, y los caraqueños, que según lo explicado en la noticia, se trataba de jóvenes adolescentes.

      Por otro lado, dichos caraqueños poseían un arma de fuego para amenazar a los demás ciudadanos que se encontraban en El Ávila y despojarlos de sus pertenencias; pero en el caso de los bogotanos se trató de un simple hurto y las autoridades no declararon que poseyeran armas. Esto último deja reflejado el nivel de violencia y el valor clave en la comunidad caraqueña que es la delincuencia, dando pie a observar el hecho sucedido en Bogotá, en el cual se trató simplemente de un contratiempo que no implicó violencia ni armas. Además, los ciudadanos caraqueños que se vieron afectados ante los desviados tuvieron presente el compañerismo, un valor que surgió en ese momento de nerviosismo para que a los demás inocentes no les pasara lo mismo. Los bogotanos, por su parte, subieron al cerro Monserrate por razones religiosas, ese valor se nota importante en la cultura e identidad de esos habitantes. Los caraqueños desde el valor de la convivencia difieren con los bogotanos, quienes lo consideran un valor sumamente importante para coexistir como comunidad, porque en su caso los desviados no saben convivir con el resto de esa sociedad sin afectar al resto. Y tiene sentido si tomamos en cuenta que “gran parte del cambio cultural puede venir estimulado por alteraciones producidas en el medio ambiente externo” (Antropología, pág. 271); ellos se harán de lo que les funciona para adaptarse mejor a su entorno, así como a lo que en él se genera. También una diferencia importante es que los bogotanos eran niños comunes, en cambio los caraqueños desviados que realizaron esa fechoría no tenían la vestimenta que los habitantes esperaban, se veían normales y por esta razón pasaron desapercibidos para poder amenazar y robar.

     Importante es acotar que, como ya se hubo mencionado en un principio, ambos cerros representan para ambas culturas un patrimonio importante, un integrante fundamental en su acervo nacional. Sea por cuestiones religiosas o deportivas, colombianos y venezolanos visten sus ropas adecuadas (se ajustan a la situación) y emprenden rumbo montaña arriba. "El vestido (la vestimenta) sirve como una 'metáfora visual' de la identidad" (F. Davis, 1992, pág. 25). Indumentaria deportiva, hidratación adecuada; lo cierto es que ninguno de ellos subiría entaconado por ese monte, y eso, por supuesto, responde a patrones culturales, porque aunque “no todos los individuos piensan y actúan de la misma manera”, diría Edward Sapir, estamos condicionados y limitados por normas sociales.   


Referencias
  • Gelles, R. y Levine A. (2000). Sociología. Caracas. McGraw-Hill.
  • Ember, Carol R. Ember, M. y Peregrine P. (2004). Antropología. 10º edición. Pearson Prentice Hall. Madrid.
  • Becker, H. (s.f.). Los extraños: sociología de la desviación. Tiempo contemporáneo.