En la capital de ambos países
latinoamericanos, un cerro se eleva, magnífico, entre los cuantiosos edificios
que integran la ciudad. Uno es el cerro El Ávila, en Venezuela, y el otro, en
Colombia, se llama Monserrate. Son considerados por los pobladores como símbolo
integrador de su identidad (genera sentido de pertenencia) y, a la vez, como el
pulmón de sus días; razón principal por la que hemos decidido seleccionar los
artículos: “8
personas fueron atracadas el domingo en El Ávila” y “Más
de 24 mil personas subieron a Monserrate el Domingo de Ramos”.
Estos espacios desde hace mucho tiempo han ocupado lugar en la agenda de ambas culturas. Porque ¿que no es la cultura, como plantea Ralph Linton, si no “el estilo completo de vida de una sociedad”? (El concepto de cultura, pág. 258). Efectivamente, lo es, y en la forma de vivir de bogotanos y caraqueños la práctica del deporte, incluida allí la subida a pie por los cerros, ha cobrado importancia. Los habitantes se congregan o caminan solos y recorren la extensa flora. No es de extrañar entonces que en ellos se dé el escenario perfecto para la interacción, que no es otra cosa que cualquier forma de encuentro social entre individuos. Esto es clave en el proceso de socialización, al cual Durkheim define de la siguiente manera: “Proceso social por medio del cual los niños desarrollan una conciencia de las normas y valores y adquieren un sentido definido del yo”.
La costumbre de
ascender que han adquirido muchos, ha vuelto a la práctica parte de su cultura,
ya sea para entretenerse y pasar el rato o para ejercitarse; en otras palabras,
esas áreas las ha definido la sociedad como lugares de acopio. El ícono que
representan ambos cerros en su cultura los han convertido en patrimonios y,
como tal, en parte de la identidad de cada ciudadano, sobre todo de los
capitalinos, quienes al virar su vista es con lo primero con lo que se
encuentran. Esto es así, porque “la cultura es una conducta aprendida” (Antropología, pág. 260) y compartida, además, por un grupo
determinado. En consonancia
con esa idea, Edgar Shein, sobre la cultura, propone la siguiente acepción:
“Patrón de creencias básicas – inventadas, descubiertas o
desarrolladas por un determinado grupo a medida que aprende a solucionar sus
problemas de adaptación externa – que ha funcionado lo suficientemente bien
como para ser considerado válido y que, por lo tanto, es transmitido y enseñado
a los nuevos miembros del grupo como la manera correcta de percibir, analizar y
sentir”.
Los patrones culturales confinan dentro de
ellos límites para las variaciones de conducta en un tiempo y espacio
específicos. Científicos sociales tienen por normas a “las reglas o estándares sobre lo
que se considera una conducta aceptable” (Antropología, pág. 265). Esto es así porque “cada sociedad tiene ideas (valores
y normas) sobre cómo la gente en situaciones particulares debe sentir y sobre
cómo debe actuar” (Antropología, pág. 266).
Partamos de allí para analizar cada artículo
por separado.
Por antonomasia, decía Aristóteles, los seres
humanos, aparte de ser seres sociales, somos animales políticos. De la
convivencia con los demás se establecen puentes de comunicación, destinados
ellos a la negociación y al alcance de objetivos comunes que nos beneficien a
todos.
El objetivo de quienes suben al Ávila es
compartir y/o pasar un rato agradable, sin que ello violente las normas de
convivencia con el resto de los usuarios. Como ya señalamos más arriba, se
comportan de acuerdo a lo que se espera, pues al ser un espacio público,
existen patrones de conducta establecidos. No sucede siempre, sin embargo,
debido a la existencia de grupos que no se amoldan, como es el caso de los
disidentes que atentaron contra varios excursionistas.
¿Qué valor podemos extraer de dicha noticia?
Es importante definir primero su significado. Carlos
Castro (2016) lo puntualiza
como lo que es valorado por la sociedad como importante, porque genera
bienestar colectivo. La solidaridad entraría en esa categoría. Tras ser
víctimas del hampa, las personas afectadas buscaron advertir a otros para
evitar que atravesaran por una situación similar. El compañerismo es
característico, como aquí se evidencia, de la actitud del venezolano. Prevenir
deviene de la preocupación por el padecimiento ajeno, pero más aún por una
norma de reciprocidad de tratar a otros como a mí me gustaría que me tratasen
de ser otro el caso. ¿Qué queremos decir con esto? Que “lo que une a los individuos entre
ellos es la norma de reciprocidad que demanda responder de igual forma a cierto
comportamiento” (Dinámica del comportamiento social, pág. 216). Así, el
cuidarse las espaldas, es un valor que, a la vez, se ha establecido
implícitamente como una norma, lo cual no es de extrañar, tomando en cuenta que
su origen está en las creencias.
La creciente delincuencia amerita la contribución de
todos y cada uno para hacer frente a la inseguridad. La falta de presencia
policial lleva a los ciudadanos a actuar en cuanto les sea posible: advertir a
otros o presentar las denuncias pertinentes; aunque a este último no se sumaron
muchos, quizá, por la concepción de la ineficiencia de parte de los grupos
destinados a salvaguardarnos. Esto es así porque “cada cultura representa una
adaptación a las demandas de su medio ambiente físico y biológico, lo que
también puede significar una adaptación a su medio social” (Antropología, pág.
268).
Entonces, sintetizando, la cultura legitima
patrones de comportamiento. Los que se salen de la norma, en determinados
contextos, son conocidos como desviados. Sociólogos definen a la desviación como
la “falta de conformidad con
una serie de normas dadas, que sí son aceptadas por un número significativo de
personas de una comunidad o sociedad” (Desviación y delito, pág. 231). Los tres delincuentes, según esta
acepción, serían considerados, por añadidura, como desviados, debido a que el
concepto “no solo se refiere
al comportamiento individual sino a las actividades en grupo”.
Es debido a eso que de su comportamiento
derivó no menos que malestar e indignación por lo que ellos hacían; ejemplo de
ello es la desaprobación que se evidencia en la narración de los sucesos, por
parte del periodista, y el testimonio de uno de los asaltados. ¿Pero a qué se
debe eso? Tiene que ver con los patrones culturales de los que habíamos hecho
mención anteriormente. “Todas
las normas sociales van acompañadas de sanciones que fomentan la conformidad y
que protegen contra la falta de ella” (Desviación y delito, pág. 232), su
incumplimiento, generalmente, provoca el descontento de la mayoría. Una sanción
negativa aplicada a dos de los delincuentes fue su detención por parte de los
guardias. De todo esto se deduce que “la
sociedad aplica sanciones formales o informales para reforzar sus normas”
(Desviación y delito, pág. 274).
Merton los tildaría, según su clasificación de
conductas desviadas, como innovadores, pues persiguen los objetivos
institucionales, que es conseguir dinero, a través de medios delictivos.
Algo que sería importante mencionar es la
presencia de prejuicios. Los asaltantes usaban ropa deportiva dry-ty, algo que
desconcertó a los presentes, pues la indumentaria no era la esperada, digamos,
de gente cuyo objetivo es delinquir.
“La cultura es intrínseca a la sociedad y por ende fundamental en el desarrollo del individuo gracias a la socialización”. La religión, como nos lo hace saber Durkheim, es una forma de cultura, debido a que se va a encargar de regular la vida de la sociedad y de los individuos.
Ello podemos evidenciarlo en el presente
artículo. Muchos colombianos se congregan en Semana Santa para celebrar la
cuaresma. Eso les da sentido de pertenencia y constituye su identidad, porque “para
que un comportamiento o acción se pueda considerar cultural, debe ser generalmente
compartido por algunos grupos de la población o por grupos de individuos”
(Antropología, pág. 258), lo cual, efectivamente, sucede. La interacción en
ese espacio público genera integración social en la comunidad, debido a que son
miles y miles de personas diferentes las que interactúan entre sí en pro de un
beneficio en común, que es ejercer en esa semana sus prácticas religiosas.
Partiendo de la definición tomada más arriba
para el término ‘valor’, podemos extraer que en la sociedad colombiana impera
un valor religioso. Los ciudadanos lo tienen en su vida como algo importante,
pues les genera bienestar. Es prueba de ello que se tomen medidas para
controlar la afluencia de gente y permitir que las actividades se desarrollen
sin ninguna dificultad. El gobierno da valor a las prácticas de los feligreses
y, además, las incentiva por medio de regulaciones en pro de su realización.
Ejemplo de ello es la seguridad durante los actos y la asistencia a las
personas que lo ameriten.
La norma en esa sociedad, y sobre todo en ese
tipo de actividades, es que las personas se adecuen a ciertos parámetros de
comportamiento: se vistan de acuerdo a la ocasión y no generen disturbios ni
mucho menos problemas a los demás, es decir, que se acoplen a las reglas mínimas
de convivencia; si no lo hacen, serán sancionados. En su libro Los extraños, Becker aclara
este punto:
“Todos los grupos sociales crean reglas y, en ciertos momentos y,
en ciertas circunstancias, intentan imponerlas. Las reglas pueden ser de muchos
tipos. Pueden estar formalmente promulgadas, y en este caso puede usarse la
fuerza policial del Estado para imponerlas”.
Aquellos que no supieron atender a estas normas
fueron detenidos y controlados por las autoridades competentes, de ahí que la
conducta desviada sea la conducta así llamada por la gente. Tal es el caso de
los niños de ocho y diez años, quienes fueron puestos en custodia de la policía
de menores tras incurrir en un delito.
Su comportamiento, atendiendo a los
calificativos que Becker da en su libro, los convirtió en marginales, es decir,
en desviados. Becker afirma que para que un acto sea desviado va a depender del
cómo los otros reaccionan frente al mismo (Los extraños, pág. 20). La
intervención de la sociedad para corregirlos, o sancionarlos, en este caso,
deja en evidencia su postura frente a sus acciones; como nos lo dejan ver, las
desaprueban, pues es la sanción “cualquier
tipo de reacción por parte de los demás ante el comportamiento de un individuo
o grupo con el fin de garantizar que se cumpla una determinada norma
(Desviación y delito, pág. 232).
Ahora bien, entre ambas sociedades, en base a las noticias
analizadas, ¿qué semejanzas y diferencias podemos encontrar? ¡Definámoslo!
Semejanzas y diferencias
En
ambas noticias, si bien en una no es tan detallada como en la otra, sale a
relucir la presencia de circunstancias anormales. Empecemos, pues, con una
breve descripción de los relatos. En el caso de los bogotanos, es tildado como
desviado a los vendedores informales, quienes consumen y comercializan alcohol
a lo largo y ancho del sendero; involucrados en un hecho aparte, están dos
niños menores de edad, quienes delinquieron y protagonizaron un hurto. Aunado a
eso, veinticuatro personas se desmayaron por no tomar las debidas prevenciones,
y las autoridades actuaron, en efecto, interviniendo por medio de
recomendaciones y control en general. En el caso de los caraqueños, se cuenta
el devenir de un robo a mano armada, en el cual quince fueron las víctimas y ocho
los que pusieron la denuncia.
Como
podemos ver, en Colombia la situación es resuelta con mayor activismo y
presencia de los cuerpos competentes para hacer frente ante las situaciones
irregulares, mientras que, en Venezuela, el Estado no parece intervenir, y si
lo hace, su intervención sucede en menor medida y con menor eficacia.
¿En
qué se traduce esto? En la
sociedad bogotana, la norma y el cumplimiento de la misma son valores
importantes en su cultura; se puede observar que mediante el evento ocurrido en
el cerro Monserrate las autoridades capturaron a todos los desviados. En
cambio, en la sociedad caraqueña, estos valores tienen poca significación en su
cultura, poca trascendencia se le dan a los individuos "...que no
se adaptan a lo que la mayoría de las personas definiría como reglas normales
de aceptabilidad." (Desviación y delito, pág. 229). Los
desviados en Caracas no fueron todos capturados. Otro aspecto importante son
las diferencias de edades entre los antisociales bogotanos, quienes eran niños
menores de ocho y diez años de edad, y los caraqueños, que según lo explicado
en la noticia, se trataba de jóvenes adolescentes.
Por otro lado, dichos
caraqueños poseían un arma de fuego para amenazar a los demás ciudadanos que se
encontraban en El Ávila y despojarlos de sus pertenencias; pero en el caso de
los bogotanos se trató de un simple hurto y las autoridades no declararon que
poseyeran armas. Esto último deja reflejado el nivel de violencia y el valor
clave en la comunidad caraqueña que es la delincuencia, dando pie a observar el
hecho sucedido en Bogotá, en el cual se trató simplemente de un contratiempo
que no implicó violencia ni armas. Además, los ciudadanos caraqueños que se
vieron afectados ante los desviados tuvieron presente el compañerismo, un valor
que surgió en ese momento de nerviosismo para que a los demás inocentes no les
pasara lo mismo. Los bogotanos, por su parte, subieron al cerro Monserrate por
razones religiosas, ese valor se nota importante en la cultura e identidad de
esos habitantes. Los caraqueños desde el valor de la convivencia difieren con
los bogotanos, quienes lo consideran un valor sumamente importante para
coexistir como comunidad, porque en su caso los desviados no saben convivir con
el resto de esa sociedad sin afectar al resto. Y tiene sentido si tomamos en
cuenta que “gran parte del
cambio cultural puede venir estimulado por alteraciones producidas en el medio
ambiente externo” (Antropología, pág. 271); ellos se harán de lo que les
funciona para adaptarse mejor a su entorno, así como a lo que en él se genera.
También una diferencia importante es que los bogotanos eran niños comunes, en
cambio los caraqueños desviados que realizaron esa fechoría no tenían la
vestimenta que los habitantes esperaban, se veían normales y por esta razón
pasaron desapercibidos para poder amenazar y robar.
Importante
es acotar que, como ya se hubo mencionado en un principio, ambos cerros
representan para ambas culturas un patrimonio importante, un integrante fundamental
en su acervo nacional. Sea por cuestiones religiosas o deportivas, colombianos
y venezolanos visten sus ropas adecuadas (se ajustan a la situación) y
emprenden rumbo montaña arriba. "El
vestido (la vestimenta) sirve como una 'metáfora
visual' de la identidad" (F. Davis, 1992, pág. 25). Indumentaria
deportiva, hidratación adecuada; lo cierto es que ninguno de ellos subiría
entaconado por ese monte, y eso, por supuesto, responde a patrones culturales,
porque aunque “no todos
los individuos piensan y actúan de la misma manera”, diría Edward Sapir,
estamos condicionados y limitados por normas sociales.
Referencias
- Gelles, R. y Levine A. (2000). Sociología. Caracas.
McGraw-Hill.
- Ember, Carol R. Ember, M. y Peregrine P.
(2004). Antropología.
10º edición. Pearson Prentice Hall. Madrid.
- Becker, H. (s.f.). Los extraños: sociología de la
desviación. Tiempo contemporáneo.
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